La esperanza implica esperar, y esperar es dolor. Dolor puro. Dolor puro que te llena el corazón de impurezas, de heridas. De heridas que ni el tiempo cura, que solo cicatrizan, y que se abren cuando vuelven a hacerte daño. Y los pedazos que quedan de ti, se astillan cada vez más, clavándose una y otra vez dentro. Se enfrían congelando tu alma. Y te vuelves como un iceberg: mostrando por fuera solo lo que dejas ver, dejando abajo la mayor parte de ti. Te ocultas, bajo el agua, y ni el agua consigue derretirte. Simplemente te acostumbras a dejarlo abajo, y dejas que la marea te mueva a donde sea, porque ya no te importa. El calor se fue con todo el orgullo y la falta de ese orgullo es como la ventisca que no deja que te descongeles.
Llega el verano, pero no lo notas.
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