Esa espiral que soñaba con dejar de seguir la sucesión de números que le llevaban al desastre,
sucumbió al oleaje de su mirada sin querer ver la senda que le quedaba por delante.
No quiso huir esta vez y se perdió dentro de sus miedos conteniendo así la realidad,
los viajes hacia el interior de un pozo en el que escondía la clave de su conformidad,
la hiedra que escala por sus rincones y hace heridas allá donde la piedra se vuelve carne,
todo parte de un juego de caricias y sombras del que se dice que nadie quiere formar parte.
Ahora que todo tiene un lado gris parece que el color haya vuelto a nacer.
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